
Vuelvo a casa por la noche y me calzo las zapatillas. Son de un color azul oscuro muy sufrido y tienen en la parte interior unos cuadritos rojos tipo escocés. Abiertas por detrás, solo hay empujar un poco el pie y ya están dentro. Aparto aliviada los tacones que he calzado todo el día: zapatos escotados de punta estrecha que me hacen ganar ocho ficticios centímetros por puro malabarismo suicida. Tras el funambulismo despiadado de todo un día, las zapatillas, al fin, me devuelven al suelo. Entonces, olvido el andar artificioso y travestido, y piso sobre pequeñas cámara de aire, como esas que llevan los jugadores de baloncesto para volar en un salto hasta la canasta. Y avanzo a saltitos por el pasillo, liviana, soy una pastora en una pradera cubierta de flores blancas. Se desvanece el agobio que traje a casa. Ya soy yo.
