Empujo levemente el carrito para que continúe su avance, mientras mis ojos vagan entre filas de yogures. Paro un instante y finjo consultar un precio o una marca. Tirito un poco.
Continúo la marcha con la vista fija en el estante interminable. Vuelvo a tiritar. Atisbo a mi alrededor sospechando que la gente empieza a reparar en mis idas y venidas y me alejo azorada a otra sección del hipermercado. Deambulo entre fregonas y, cuando imagino que se habrá renovado la clientela en el territorio de los postres lácteos, planeo una nueva incursión.
Esta vez atrapo resuelta cuatro botes color verde menta que encuentro entre las ofertas. Avanzo un poco más, ojeando a izquierda y derecha, y me agencio decidida otro pack. Mucho más baratos, considero, pero... sin bifidus activo, advierto intrigada. Quizás merece la pena pagar un poco más en alimentación. Lo barato sale caro -me paraliza la frase de mi madre. Siento un escalofrío. Adelanto la mano desenvuelta hacia el Lcasei inmunitas, pero me desalienta su precio excesivo y disimulo al soltarlo fuera de su sitio. Desnatados, enriquecidos, azucarados, griegos, naturales, bios, líquidos, lactobacilus... ¡Necesito una brújula para recorrer el mundo del yogur moderno! Observo a los que me rodean, reconociendo entre la abundancia su postre favorito, satisfechos de encontrar, precisamente, lo que andaban buscando. Imito la expresión triunfante de sus caras mientras encesto en mi carrito un paquete sin mirarlo.
Victoriosa, al fin, acometo animosa otro largo pasillo desconocido. Al menos en este no hace tanto frío.