Cuando mi imaginación pronuncia esta frase (con muchas ges en medio, en un intento chapucero por imitar el acento danés de Karen Blixen en Memorias de África) se conjuran imágenes de cumbres brumosas de montañas en África. Muy tranquilas, nada de rugidos o manadas corriendo. Niebla deshaciéndose en un amanecer fresco. En primer plano, Karen-Isak-Meryl –tres personas en una sola-, vestida con uan holgada bata de lino crudo, tomando su té inglés en tazas color crema de porcelana de Limoges, delicadísimas, sobre manteles de lino también crema cubriendo la mesa del porche de su granja mientras suena en la distancia, dentro de la casa, la melodía suave, casi imperceptible, de un gramófono.
Después imagino, en otro punto del globo, una mujer vestida de negro con deportivas blancas que toma un té aguado en un vaso de papel tamaño XXL mientras se apresura esquivando peatones y coches por una concurrida avenida en medio de una banda sonora de bocinazos. Y pienso: no es lo mismo. Recuerdo un anuncio de coches cuyo eslogan era precisamente ese: “no es lo mismo.” El lema, por sí solo, no es revelador, pero en el spot publicitario iba acompañado de imágenes comparativas entre distintas formas de hacer lo mismo. Por ejemplo, dormir. Tumbado en una cama mullida, caliente y abrazado por un ser querido o dormir malamente sobre un duro asiento de metro, cabeceando sobre un desconocido que mira con cara de asco y enfado. Llamamos a las dos cosas por el mismo nombre, pero poco tiene que ver la una con la otra.Mi vida en una ciudad de tamaño medio poco se parece a la Karen en las colinas del Ngorongoro, pero me resisto a ser la mujer del vaso XXL. Cuando el apresuramiento y la urgencia me apremian, anhelo mi instante Karen Blixen. Busco la música adecuada como banda sonora (Caetano Veloso puede servir). Elijo, entre los frascos, el té con aroma de canela y naranja. Mientras el agua hierve, miro por la ventana. La ría está bajando: va vaciándose. Gente con ropa oscura camina silenciosa con los paraguas sin abrir. Entre las nubes gris oscuro se cuelan atrevidos un par de rayos de sol que se reflejan en las paredes de los rascacielos acristalados. Es una vista muy diferente a las colinas africanas, pero dentro de mi casa también suena una melodía suave, casi imperceptible, cantada con dulce acento portugués, mientras tomo mi té.


