El vuelo se retrasa. El viajero se impacienta. Se levanta a cada minuto. Increpa a la azafata. Está perdiendo su precioso tiempo. Se aferra al móvil. Busca en su pantalla diminuta la válvula de salida a su angustia. Compartir su desgracia, contar a otros su desdicha. Protesta frente a varias ventanillas. Busca airado al responsable del responsable. Nadie le ofrece respuestas. Sólo esperar. Se resigna y piensa en cómo aprovechar su tiempo. Decide tomarse una caña. Compra algunas revistas y periódicos. Está rica la cañita; se pide otra. Lee esas noticias que, con las prisas, solo había ojeado a medias. Su mirada vaga a través de las enormes cristaleras. Los aviones despegan veloces y aterrizan despacio, describiendo círculos sobre la pista mientras el sol se va elevando. La megafonía ininteligible lo acompaña. La cadencia de la voz metálica lo acuna y adormece... Se deleita en admirar cada mujer que pasa a su lado: indias vestidas con coloridos saris, mujeres de negocios con tacones de aguja, árabes tocadas con velos. Se divierte con las gracias de un niño que da sus primeros pasos bajo la atenta mirada de sus padres. Quizás sus abuelos esperan en otro continente para ver el espectáculo del que él está siendo testigo. De pronto siente, sorprendido, la certeza de una revelación. Descubre asombrado lo maravilloso de la inactividad. Por una vez, y en mucho tiempo, no corre frenético de un lado a otro. No apura el minuto, lo degusta. Reconoce la paz y la calma que le ha brindado su espera. Cuando entrega su tarjeta de embarque a la azafata, tras las horas de deleite, la mira a los ojos y, con una amplia y sincera sonrisa, le dice: Gracias.
Título del relato: De cómo las líneas aéreas retrasan sus vuelos para hacer más felices a sus clientes.
jueves 27 de diciembre de 2007
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